El Camino
No os puedo describir la ilusión que me hacía ir a Decathlon aquella tarde. Yo misma, estaba impresionada con mi actitud. Yo , que detesto los centros comerciales y que los evito como si fuesen grandes monstruos que te engullen sin darte la opción de escapar.
Me fui en el metro, para disfrutar de un trayecto sin responsabilidades de ningún tipo. Y lo saboreé, fantaseando con lo que serían los días que tenía por delante, de aventura y descanso, por lo menos mental.
La IA me había informado pertinentemente de cuál era el material más apropiado para mi periplo, así que tras echar un vistazo rápido a lo que tenía ya en casa, hice una pequeña lista de lo que debía comprar; calcetines de media caña, una capa de agua que cubriese también mi mochila y unos bastones, que hacía mucho tiempo que quería sumar a mi material.
Como una niña con zapatos nuevos, salí del Decathlon y me fui a casa nerviosa, deseando empaquetar rápido el equipaje en la mochila. Sentí que mi aventura no tenía vuelta atrás.
A la mañana siguiente, sin madrugar demasiado, me colgué la mochila a la espalda y me subí al tren en Chamartín, camino de Santiago de Compostela.
La verdad es que mi peregrinación fue original. Llegué a Santiago en tren, sin credencial que sellar y sin intención inicial de pasar por la plaza del Obradoiro. Pero conseguí acomodar mis pertenencias en consigna de la estación y aproveché el ratito que tenía hasta la salida de mi siguiente autobús.
Fue fácil llegar hasta allí. No había pérdida. Decenas de peregrinos se arremolinaban en la plaza, sentados sobre la piedra, con sus rostros satisfechos por haber cumplido un objetivo. La catedral majestuosa, les esperaba. Ellos sólo estaban recuperando el resuello antes de cruzar el umbral.
Fue en ese momento, en esa plaza, donde empecé a sentir la magia que me acompañaría todo el viaje. Esa sensación de bienestar del alma no era algo que se recibiese como un rayo del espíritu, o por lo menos no solamente. No le quiero quitar mérito al espíritu.
La sensación de bienestar, se alimentaba de un sinfín de cosas pequeñas y situaciones que, sumadas unas a otras, mantuvieron despierta mi sonrisa.
Aquel taxista y dueño del albergue donde dormí la primera noche, que compartió conmigo la historia de su negocio, de su familia, su preocupación por su cercana jubilación. El guiri de barbas, con el que al día siguiente caminé un tramo, que amenizó con su guitarra el ratito de la primera cena. Como ellos, tantas otras personas con nombre y apellido que lograron que caminando sola, me sintiese acompañada en todo momento.
Durante la primera jornada caminando, se nos cayó el cielo encima. Y digo nos, porque éramos varios, ateridos de frío, tratando de decidir bajo una marquesina, qué tenía más sentido hacer.
Se habló de taxi y de autobús, se compartieron lesiones y cansancio, se miró el reloj y se hicieron cálculos de los kilómetros que faltaban para terminar.
Y yo contra todo pronóstico, me acabé uniendo a una familia inglesa que no tenía intención de rendirse y del tirón, con las botas y calcetines empapados, aterricé en mi primer destino.
La segunda etapa la tengo grabada en el corazón. Aderezada con lluvia, me regaló silencio, me regaló paz. Paisajes infinitos, acogedores a su vez. Me crucé con poca gente, atravesé pocos pueblos, prácticamente no interaccioné. Llegué a un albergue limpísimo y ordenadísimo en el que el respeto por el espacio del otro se palpaba en el ambiente. Meditaciones, lecturas, diarios. Mucha mirada hacia el interior. Finisterre, el fin del mundo, cómo no vas a mirar hacia adentro?
Y por fin, para terminar, en el último día de mi corto trayecto de Camino, me acompañó el sol. Después de dos días lloviendo sin parar. Después de haber asumido que las botas no se van a secar y que la capa es mi mejor aliada, el cielo se despejó. No se me ocurre mejor manera de terminar mi aventura. Bajo el sol, sentada en una mesita de un bar, tomando un agua con gas y haciéndome la siguiente reflexión;
¿Y si me propongo viajar conmigo una vez al año para resetear? ¿Y si me concedo por lo menos unas horas para sacar el ruido de mi vida, la niebla que se enquista en mi mente, y definir lo que me importa de verdad? ¿Hacia donde quiero ir? ¿Lo que para mi es superfluo y lo que no?
El Camino desde luego ha sido para esto una magnífica elección. ¿Tú te animas a probar?