Mi Refugio

Las vacaciones aterrizaron sobre mi cuerpo y mi alma sin previo aviso. Por supuesto que mi parte racional sabía que se avecinaban. De hecho, las deseaba. Aunque siempre hay una parte de mí que zozobra ante la idea de pasar varias semanas sin rutina. Me cuesta que me saquen de mi ritmo. Incluso cuando no sea el más acertado ni el que más me convenga. Me siento perdida y me resulta difícil concretar quien soy.

Llegó julio y con él mi compromiso matutino de chófer se esfumó. Se esfumaron los madrugones para preparar comidas y se llenó la casa de un caos soñoliento en el que los horarios y las obligaciones se iban diluyendo, ocultándose dentro de los armarios. Yo, sin darme cuenta, me fui adaptando a esta nueva sensación de libertad sin precio. 

Así pasé el mes, escondida tras la barrera y refugiada en mi búnker con el aire acondicionado a toda pastilla, ante la amenaza de acabar derretida por el calor estival.  Nada se movía fuera, nada se movía dentro. Mi cuerpo y mi alma estaban cansados. Me dediqué a solucionar lo básico y lo justo y necesario para que no me arrollase por ningún ángulo el sentimiento de culpa.

Casi sin previo aviso, agosto llamó a la puerta. Con pleno derecho para dedicar todos los sentidos a nutrir el cuerpo y el alma y con autorización para desconectar la mente. Me traía un programa lleno de aventuras sin estrenar. Sin vacilar, me subí a la furgoneta y preparé concienzudamente mi capacidad de asombro.  

Los primeros quince días transcurrieron llenos, llenos, llenos. Llenos de kilómetros, llenos de paisajes impresionantes, de baños en el mar y en lagos helados, llenos de cultura, de gastronomía, de calor y más calor, de familia, de risas, y de peleas también,.Cinco mil kilómetros que despertaron de nuevo en mí la ilusión por conocer y experimentar y me regalaron la experiencia de vivir despreocupadamente, lejos de mis obligaciones diarias.

Todo fluía de forma serena y sin embargo, mi mente no se callaba. Mi mente, una fiera caprichosa que requiere constante atención. Una máquina impredecible e imperfecta que como un niño pequeño, vive al filo del berrinche si no se le mira o escucha. Mi mente, ahí estaba. Funcionando a todo dar, yendo y viniendo, con ideas infinitas, interfiriendo en la paz que me proporciona saber quien soy

Con la mente en esas condiciones y todavía con sed de descanso, tras una breve parada técnica en casa, volvimos a hacer el petate y nos lanzamos a lo conocido. Esta vez muchos menos kilómetros, conduciendo mi coche fiel, emprendimos el camino a nuestra gran amada montaña.

Por fin allí, en la quietud del monte y de las nubes altas, fue donde verdaderamente tuve que poner a prueba mi mente. No había excusa. Ni excursiones preparadas, ni lugares obligados que visitar, ni kilómetros que recorrer. No había distracciones novedosas con las que llenar el tiempo. Se acabó el qué hacer y emergió el ESTAR. 

Me llevó un par de días bajar las revoluciones. Un par de disgustos de electrodomésticos averiados y algún que otro contratiempo pequeño. Pero lo conseguí. Paulatinamente el ruido de mi mente comenzó a acallarse. En ese paseo al pueblo de al lado por el río, en la panadería en la que no hay prisa, en esa subida al monte al lado de las ovejas y los caballos. Mi mente se acalló.

En ese estado de vacío mental maravilloso que me recuerda a la sensación que experimento cuando me sumerjo en el mar a bucear y en el que solo cabe el presente, me acordé. Me acordé de aquello que me dijo aquel Chamán en Perú hace 8 años, Víctor Quispe se llamaba. 

Vuelve a la montaña Maria Rosa, me dijo. Vuelve siempre a la MONTAÑA. Y mientras escribo esto, mis mejillas se llenan de lágrimas de emoción.

La semana en Panticosa ha sido para mi como un spa para la mente. Un spa donde me siento mimada, querida, nutrida. La montaña para mi es madre, me acoge, no me juzga, me quiere como soy. Me lo da todo. Es belleza, tierra donde pisar, ríos donde beber, pozas en las que bañarme. Es mi  parada no negociable.

Como a veces se me olvida, como a veces, todo va tan deprisa que no hay tiempo para reflexionar, me lo tengo que recordar; Vuelve a la montaña Maria Rosa, vuelve siempre a la MONTAÑA.

Y a ti, te pregunto: ¿Cuál es ese lugar físico o simbólico en el que te sientes TÚ y estás en Paz? ¿Lo has experimentado alguna vez? ¿Cada cuanto vuelves a él? Si necesitas parar y profundizar, yo te podría acompañar. Me puedes contactar en mariarosa@welcomeemotions.net

El final de mi experiencia de verano queda por contar…Me dejé por compartir todo lo que aprendí en tan sólo tres etapas del Camino de Santiago. Pero eso, en un próximo Blog.

Gracias por leerme. Os abrazo fuerte